viernes, 22 de junio de 2012

El malestar de “lo político” sobre la realidad cubana

Por Marlene Azor Hernández

Tomado de Cubaencuentro, reproducido por Cuban News-USINTS-Havana

La sobresaturación de lo político en los medios dentro de Cuba y el malestar de ocuparse de la política doméstica de Cuba por “la crispación” del debate cuando se realiza sin fronteras.
Cuando se les pregunta a los intelectuales que residen en la Isla si conocen a las Damas de Blanco, responden “bueno, existen pero yo no las conozco.”

 México DF | 29/02/2012 10:44 am. Varios amigos me han enviado el texto del excelente escritor Leonardo Padura “Yo quisiera ser Paul Auster” publicado por IPS, en el cual el escritor se queja de los periodistas que le preguntan más sobre la realidad de su país y casi nada de su profesión como escritor. Colateralmente he mantenido un intercambio con dos amigos intelectuales que residen en La Habana y en Canadá, sobre el tema que nos ocupa: la sobresaturación de lo político en los medios dentro de Cuba y el malestar de ocuparse de la política doméstica de Cuba por “la crispación” del debate, éste sin fronteras.

En este malestar hay varios asuntos que se entremezclan y como socióloga propongo un análisis del contexto que condiciona este rechazo a “lo político”.

1.      La política informativa en los medios masivos de comunicación en Cuba.

2.      La confusión entre los roles de la ciudadanía y el rol de los políticos profesionales.

3.      La desinformación dentro del país por no contar con el acceso a Internet y carecer de medios alternativos de información no estatales.

4. La ausencia de instancias eficaces para canalizar la agregación de demandas ciudadanas.
Seguramente nuestros lectores pueden añadir otros problemas, yo propongo centrarme en los que acabo de enunciar.

La política informativa en los medios de comunicación masiva en Cuba, el bombardeo sistemático de la prensa la radio y la televisión en Cuba con el análisis de los problemas internacionales desde una única óptica, la del discurso oficial, —o si se prefiere de una manera más precisa, elaborada por el Departamento Ideológico del Comité Central del PCC—, reseña y analiza los problemas del mundo hasta el detalle con la óptica catastrófica de que el mundo está “al revés”. Los problemas que plantean existen, pero la valoración está sesgada a favor de la postura del Gobierno cubano con relación a su política interna e internacional.

El criterio de que todos los países hacen lo mismo no disculpa el análisis del problema, porque en los restantes países existen canales de información alternativos (entre ellos Internet) y varios partidos para que la ciudadanía discrepe o coincida con los medios masivos nacionales. La política selectiva en la información en los medios en Cuba está dirigida a crear la imagen de que el mundo está abocado al desastre, para provocar la comparación instantánea, aunque no sea explícita, de que entonces Cuba “no está tan mal”.

Con relación a los asuntos domésticos, la política informativa ensalza las medidas en curso de la dirección del país, o se ocupa de las disfuncionalidades económicas sociales y políticas (funcionarios locales) en el nivel de la micropolítica. Los problemas estructurales o de políticas públicas erradas no existen en los análisis, más que cuando la dirección del país los nombra y en términos muy difusos.

Por otra parte, la política informativa plantea un mundo maniqueo en el que solo existe el discurso cubano de una parte y el Gobierno de EEUU o el lobby republicano reaccionario y sus seguidores por el otro. No hay otros interlocutores o estos son invisibles. Los opositores abiertamente al régimen son criminalizados como “mercenarios” y son vistos como apéndices de un gobierno extranjero, por lo tanto se asimilan a este discurso maniqueo.

Esto tiene implicaciones graves para la ciudadanía que solo tiene acceso al discurso oficial y/o a esta visión sesgada del mundo y la reproduce con mayor o menor elegancia de acuerdo a sus recursos intelectuales. El escritor Padura señala: “Hay escritores cubanos que, desde un extremo al otro del diapasón de posibilidades ideológicas, han hecho de la política centro de sus obsesiones, medio de vida, proyección de intereses. La política les ha pasado de la respiración a la sangre y la han convertido en proyección espiritual. Unos acusando el régimen de todos los horrores posibles, otros exaltando las virtudes y bondades extraordinarias del sistema, ellos extraen de la política no sólo materia literaria o periodística, sino incluso estilos de vida, estatus económicos más o menos rentables y especialmente, representatividad”.

Este discurso centrado en dos polos extremos reproduce el maniqueísmo de la política informativa oficial. Los discursos de otros intelectuales quedan invisibles y pareciera que los implicados en la clasificación del escritor han optado por esta supuesta “obsesión” por razones personales espurias. Aquí los matices sobre la realidad desaparecen, algo que piden escritores como Padura o el escritor Eduardo del Llano en su entrevista a Tracey Eaton, pero también está ausente el análisis del contexto social que propicia el incremento, éxito o fracaso de estos ¿oportunistas?

Indudablemente a pesar de su proyección maniquea, el malestar del escritor Leonardo Padura está en que algunos intelectuales se centran en la política cuando hay otros temas más agradables y nobles que le gustaría tratar.
¿Por qué los intelectuales y los artistas se apropian del campo de la política y no lo dejan a los políticos profesionales?

La confusión entre los roles de la ciudadanía y el rol de los políticos profesionales Leonardo Padura se considera un ciudadano comprometido y escribe sobre su realidad, pero no quiere ser un gurú que realiza predicciones acerca del futuro del país o sobre cuándo ocurrirán los cambios. No quiere saber de economía, política, relaciones internacionales, ni ser sociólogo. Quiere ser solo un escritor ciudadano comprometido con su realidad.

Entiendo su malestar, así como el de mis amigos cubanos dentro y fuera de la Isla, pero esto es el resultado de que los políticos profesionales en Cuba no hacen su trabajo. Los presidentes y las comisiones municipales, provinciales y nacionales del Partido y el Poder Popular se ocupan de las orientaciones que vienen del centro y no de los reclamos populares. Si como socióloga me intereso en investigar la agregación de demandas ciudadanas que durantes las cinco décadas han hecho los ciudadanos cubanos en las estructuras establecidas, no podré encontrar esa información en ninguna parte. No existen investigaciones sobre ello ni tampoco sobre el resultado de las consultas en 1990 y 2010. Esta información es “secreta”, de la cual se filtra solo las cifras de participantes en las consultas nacionales y el contenido de sus propuestas queda invisible para la opinión pública.

En esta realidad hermética y disfuncional en la cual los políticos no se ocupan de su trabajo como representantes de la población supuestamente en “el poder”, obliga a ocupar el espacio vacío por los ciudadanos entonces encargados de generar las agendas y articular las demandas frente a unos políticos profesionales “sordos” y “de espalda” a la ciudadanía.

Por eso los periodistas extranjeros o nacionales le preguntan a las figuras prominentes del arte y la literatura todo lo que los políticos no responden y por eso también los intelectuales llevan la pesada carga de saber de otros dominios del conocimiento no estrictamente centrados en su perfil profesional.

Por lo pronto le sugiero al escritor Leonardo Padura que remita a los periodistas cuando le pregunten sobre política, economía y las adivinaciones del futuro, a los políticos profesionales, en cambio también le puedo asegurar que sus criterios —como intelectual-ciudadano comprometido— sobre los problemas que ve y describe en su sociedad caen también por el momento en los oídos sordos de “nuestros” políticos profesionales. La política migratoria, el cable de fibra óptica venezolano, el incremento de la pobreza o la lentitud de los cambios, seguirán esperando por la voluntad política de dirección del país para informarle a la ciudadanía. Y en eso, se nos va la vida.

En una ocasión, en la Universidad Lomonosov de Moscú (1980) escuché por Radio Europa Libre que en el mismo edificio en que me encontraba, se había efectuado horas antes un acto homenaje a los Beatles, y el evento había sido interrumpido por la policía, lo que resultó en el arresto de varios jóvenes universitarios. Yo, en el mismo edificio, ni me enteré. Al día siguiente pregunté a otros estudiantes y en efecto el evento había ocurrido y terminado de la manera en que había escuchado la noticia.

Algo similar ocurre en Cuba con relación a los que discrepan de las estructuras de poder establecidas y a los que proponen otros programas de cambio: se convierten en seres invisibles (incluso para colegas cercanos) o devienen “demonios” conectados con el “Imperio”. Así se les trata, humilla y denigra en el discurso oficial y se les destierra del mundo de los afectos humanos. Cuando pienso en eso, no sé por qué se asombran los que sienten el ambiente “crispado” en el debate político si constatamos que la injuria y el vituperio ha sido un lenguaje aprendido —desde niños— en los discursos oficiales amplificados por la televisión nacional.

La propuesta que hago a aquellos que rechazan la sobresaturación política interna es que pidan un cambio radical en la política informativa del país. Pero también sé que cuando esta demanda es hecha por muchos intelectuales —como está sucediendo en el creciente y variado debate interno— lo que más se logra conseguir es que la primera Conferencia Nacional del PCC dedique mucho tiempo a discutir la semántica del término “diálogo”, todo un torneo medieval de oratoria para una palabra desconocida en el ejercicio de la política interna.

La desinformación dentro del país por no contar con el acceso a Internet y carecer de medios alternativos de información no estatales como dice el profesor e investigador estadounidense Ted Henken —en sus análisis de la blogosfera cubana— la conexión a Internet es “lenta, restringida y cara” lo cual implica que Internet no es aún una conquista ciudadana en Cuba.

Hay que agradecer el esfuerzo que hacen todos los grupos de activistas culturales, sociales y políticos de la Isla por mantenernos informados de lo que ocurre adentro —desde la última película que se estrena, los precios siempre en ascenso de la canasta básica, las tribulaciones de la vida cotidiana y las golpizas o represiones invisibles para la inmensa mayoría de la población—, desinformación que incluye a los intelectuales que se pronuncian sobre los problemas del país.

Si solo existieran radioemisoras locales o periódicos locales alternativos, la ciudadanía se podría enterar de esos discrepantes del orden actual, que ahora aparecen demonizados. Recientemente en dos entregas de Estado de SATS fueron invitados activistas culturales que utilizan sus proyectos para impactar de manera inmediata su entorno, ofrecer otra mirada sobre la realidad y generar una consciencia ciudadana. Junto a estos jóvenes creadores que hacen un arte en función del cambio. (Orlando Luis Pardo, Lía Villares, El Sexto y Gorki Águila) también el espacio de reflexión ciudadana invitó a la Dama de Blanco Berta Soler y al coordinador de la Unión Patriótica Cubana, José Daniel Ferrer. El testimonio de ambos —cubanos sencillos, humildes y de una valentía admirable— derrumbaría toda la violencia diaria que se ejerce contra ellos si solo apareciera en el pie de página de alguna publicación masiva del país. Pero, ¿cuál órgano de prensa se atreve?

Existen excepciones, como el intelectual Aurelio Alonso, que ha expresado la necesidad de incluir y respetar a los disidentes como parte de la sociedad civil cubana en el mismo espíritu que Cintio Vitier. O el escritor Eduardo del Llano quien —en la entrevista citada en la primera parte de este texto— defiende la idea del derecho que tienen estos disidentes a exponer sus intereses y programas y someterlos al criterio de la ciudadanía, aun cuando él reconoce que no los conoce.

Cuando se les pregunta a los intelectuales que residen en la Isla si conocen a las Damas de Blanco, responden “bueno, existen pero yo no las conozco”. En una situación peor están los restantes grupos de derechos humanos, activismo político y cultural: son “invisibles”. Esta falta de solidaridad ciudadana fruto de la desinformación y de la criminalización oficial, deja en una zona de confort a los desinteresados en el tema —que evitan saber para no comprometerse— con el riesgo de perder una parte importante de su propia humanidad.

De manera indudable la censura y la represión sistemática a los opositores de todas las tendencias ideológicas y a los activistas culturales, produce lo mismo que Ignacio Ramonet señala como efecto de la concentración en pocas manos de los medios masivos en las sociedades occidentales: “El que no aparece en la televisión, no existe”. Análisis este, por cierto, que no le escuché en el intercambio de 9 horas con Fidel Castro —en la cual el periodista ofreció a los cubanos lecciones tan elementales como si fuésemos una población analfabeta— sino en la excelente novela de Milan Kundera La Inmortalidad. Pero Ramonet, pasó por la televisión cubana, luego existe.

La ausencia de instancias eficaces para canalizar la agregación de demandas ciudadanas

La cuestión de la construcción democrática no es un slogan, o un deseo: es sencillamente un asunto de división social del trabajo. Solo los políticos profesionales ocupan su tiempo en la política, y así debe ser para que los ciudadanos nos podamos ocupar de nuestras responsabilidades. Cuando la división del trabajo no funciona, los ciudadanos nos tenemos que ocupar de la política porque ella delimita, obstruye y define no solo nuestros derechos, sino también las posibilidades de construirnos o no una vida digna. Por ello, si les dejamos la política a los políticos profesionales, ellos deciden nuestra suerte.

Con una dirección política militarizada que comanda a unos políticos obedientes, seleccionados en función de su lealtad a las máximas instancias de dirección, (no por sus capacidades directivas y de conocimiento “experto”) las demandas ciudadanas no tienen la menor posibilidad de ser tenidas en cuenta, no definen la permanencia del político en cuestión y —peor aún— los méritos del político parecen ser proporcionales a la manera en que disuelve y acalla las demandas de la población.

En un contexto de represión sistemática a los discursos discrepantes, no solo opera la absoluta ineficacia de los canales establecidos para la agregación de demandas, sino que los discursos críticos de algunos intelectuales, valiosos por su obra, terminan aportando una mera satisfacción personal por haber dicho algo en medio de la visión maniquea dominante. Pero al respetar los límites de la censura, centran su atención en los supuestos intereses espurios de grupos de individuos que no definen la agenda del poder —primero los burócratas inasibles, ahora los periodistas— y los “chivos expiatorios” les permiten alejarse cada vez más del análisis de las causas estructurales, de los verdaderos responsables de sus malestares y de las posibilidades de resolverlos.

Fuera de esta zona de confort y ejerciendo una postura ciudadana consecuente con sus diversas visiones, publicaciones como Espacio Laical, Compendio del Observatorio Crítico y Estado de SATS, —este último el más dinámico y amplio por su diversidad, son un buen ejemplo del ejercicio ciudadano responsable.

La falta de solidaridad entre los intelectuales, periodistas y artistas que residen dentro del país ha sido una victoria absoluta del Partido y el Estado cubano con sus mecanismos de represión y control: el gremio se entretiene en discrepar entre ellos o en desconocer a los que no están en el círculo de sus allegados. Así, pareciera que intentan seguir existiendo en una precaria y cada vez menos creíble Torre de Babel.

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